Revista de Historia, Patrimonio, Arqueología y Antropología Americana  
http://rehpa.net/ojs/index.php/rehpa  
Año 2021, No. 4, Enero (162-189)  
ISSN: 2697-3553  
https://doi.org/10.5281/zenodo.4554552  
Etnogénesis y evolución: una lectura darwinista de la identidad étnica  
Ethnogenesis and evolution: a darwinian reading of ethnic identity  
Luis Miguel Carranza Peco1  
1Universidad de Sevilla, España (luismiguelcarranza@gmail.com)  
ORCID 0000-0002-6861-6210  
Recibido: 1 diciembre 2020; Aceptado: 29 diciembre 2020; Publicado: 2 enero 2021  
Resumen  
En el presente trabajo se plantea el estudio de las etnicidades del pasado, así como de los procesos de  
etnogénesis implicados, desde un marco basado en la teoría de la evolución darwiniana. Para esto, se esboza  
una exposición teórica sustentada en tres parámetros de discusión: 1) la definición de la etnicidad y su evolución  
historiográfica como concepto; 2) la pertinencia del desarrollo de estudios sobre la evolución de los rasgos  
culturales con herramientas proporcionadas por el marco del darwinismo; y 3) reflexión del cómo abordar las  
etnicidades del pasado y su potencial para el conocimiento de las sociedades del Próximo Oriente Antiguo. Por  
consiguiente, el amparo epistémico darwinista que defendemos funcionará como herramienta con la cual  
acercarnos a la reconstrucción histórico-cultural cuando nos enfoquemos en los procesos que conciernen a la  
etnicidad.  
Palabras clave: Antiguo Testamento, antropología, darwinismo, etnicidad, evolución, historia antigua.  
Abstract  
In this paper, the study of the ethnicities of the past, as well as the processes of ethnogenesis involved, is proposed  
from a framework based on the theory of Darwinian evolution. To this end, it outlines a theoretical presentation  
based on three parameters of discussion: 1) the definition of ethnicity and its historiographic evolution as a  
concept; 2) the relevance of developing studies on the evolution of cultural features with tools provided by the  
framework of Darwinism; and 3) reflection on how to approach the ethnicities of the past and their potential for  
knowledge of the societies of the Ancient Near East. Consequently, the epistemic Darwinian protection that we  
defend will function as a tool that will allow us to approach historical-cultural reconstruction when we focus on  
processes concerning ethnicity.  
Keywords: Old Testament, Anthropology, Darwinism, ethnicity, evolution, ancient history.  
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INTRODUCCIÓN  
El estudio del animal humano ha gozado de un grado importante de interés desde el mundo antiguo, interesado  
en indagar en el autoconocimiento, pero no sin pasar por diferentes enfoques derivados del contexto científico,  
político y filosófico imperante en cada momento histórico. Desde la germinación de estas inquietudes, se tuvo  
en consideración la variabilidad del hombre respecto al ámbito geográfico en el cual desarrollaba su actividad,  
así como la asunción de su alteración a través del tiempo, lo cual, aunque estaba lejos de asumir una mutación  
genética progresiva como hoy se conoce desde el darwinismo y estaba cargada de connotaciones políticas, ya se  
aceptaba en cierto modo la existencia de la variación y diversidad conductual, aunque pasaría mucho tiempo  
antes de sobrepasar la justificación creacionista.  
La teoría de la evolución por selección natural vino a cambiar diferentes enfoques tanto de la investigación, como  
de la propia concepción que se tenía del hombre a niveles genético y cultural. No obstante, la aplicación de las  
ideas ampliamente contrastadas, que en su día desarrollaron Darwin y Wallace, aún cuentan con ciertas  
confusiones y falta de aceptación en cuanto a su aplicación a parámetros extrasomáticos se refiere. Por este  
motivo justificamos estudios como el que aquí se presentan, exponiendo la realidad teórica y metodológica del  
marco teórico darwiniano, así como su pertinencia para la reconstrucción histórico-cultural.  
METODOLOGÍA  
Para materializar las pretensiones del manuscrito, lo dividiremos en dos grandes bloques de estudio: el enfocado  
en exponer la realidad teorética del marco darwiniano, los errores interpretativos y su potencial; y por otro lado  
presentaremos una propuesta de aplicación para estudios históricos.  
El primer subapartado se destinará a tratar el porqué de su pertinencia en los mencionados ámbitos culturales,  
para lo que se recurre a un necesario análisis historiográfico y bibliográfico. A partir de aquí, encontramos el reto  
de aplicar los análisis darwinistas de la conducta a las sociedades del pasado, además de abordar el debate no  
zanjado, de cómo enfocar el estudio de las etnicidades y procesos culturales históricos. Por un lado, podemos  
encontrarnos con la falta de datos, a lo que se suma que las fuentes clásicas pudieron no recoger fielmente la  
realidad, ya fuese por falta de coetaneidad, por ser exoétnicas, o por los diferentes intereses y objetivos con los  
cuales se recogieron los datos. A esto se añaden los prejuicios heredados de la historiografía y los debates  
teoréticos actuales, por lo que consideramos fundamental la contraposición de perspectivas.  
Todas estas cuestiones han generado fecundos debates y muy diferentes enfoques. Así, el objetivo del presente  
trabajo recae en desarrollar la tríada de problemas teoréticos clave que sustentan y justifican el estudio, tratando  
de unirlas e imbricarlas: 1) el desarrollo histórico del concepto de etnicidad; 2) la utilización de un marco teórico  
darwiniano para el estudio de los rasgos conductuales y 3) cómo afrontar el estudio de las etnicidades el pasado.  
A partir de ahí, se plantea si los procesos de etnogénesis estudiados de manera diacrónica pudieron responder  
a presiones selectivas concretas en contextos determinados. En este caso, se ejemplificará a partir del Antiguo  
Testamento, entendido como estatuto identitario de formación progresiva. La cuestión es determinar las  
posibilidades que ofrece la implementación del marco teórico-metodológico darwiniano para el estudio de las  
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etnicidades del pasado, la concepción de las identidades, conocer su imbricación con respecto a las presiones  
selectivas que las formaron y dar un enfoque más completo sobre ciertos procesos históricos.  
En resumen, el primer bloque expondrá la base teorética del estudio, mientras que el segundo ejemplificará el  
cómo aplicar este marco que defendemos para el estudio de las culturas y procesos de etnogénesis del pasado.  
RESULTADOS  
Desarrollo teórico  
Antropología, identidad y evolución  
Los estudios históricos que se centran en el enfoque cultural del cambio y su evolución requieren de claridad y  
precisión en las categorías de análisis. La polisemia del concepto de cultura ha supuesto un elemento central  
dentro de los estudios antropológicos, existiendo numerosas definiciones dependiendo del momento  
historiográfico concreto y el enfoque de estudio. Junto al de cultura, el concepto de etnicidad cobra importancia  
ya en la segunda mitad del siglo XX acorde con el momento de reorientación conceptual que se estaba viviendo.  
En este primer apartado se pasa a exponer de manera sintética las diferentes interpretaciones, lecturas y  
enfoques que han existido en la historia de las investigaciones para explicar los procesos con los que se entendía  
el cambio del ser humano, lo que permitirá entender la concepción actual de los procesos de etnogénesis, así  
como del concepto de etnicidad.  
Uno de los primeros pasos decisivos en la investigación del ser humano vino de la mano de los trabajos de Carlos  
Linneo en el siglo XVIII. Elaboró un nuevo sistema de clasificación jerárquico de los seres vivos basado en función  
a sus diferencias y características extrasomáticas organizadas en taxones (Anderson, 1997; Makinistian, 2009, p.  
20). Esto no supuso una ruptura con respecto a la idea teológica creacionista, aunque ya se asumía la idea de  
diferenciación humana y la conexión de las variadas formas de vida sobre la Tierra. En las últimas décadas del  
siglo XVIII y los inicios del siglo XIX una serie de estudiosos fueron contribuyendo al cambio en el estudio del  
hombre que se daría más tarde, sirviendo los estudios de Johann F. Blumenbach como refuerzo a algunos de los  
puntos principales planteados por Linneo, ahora defendidos de manera empírica con sus estudios de  
antropología física. Los viajes y exploraciones del siglo XIX conllevaron la ampliación de los horizontes de estudio  
del ser humano y de las diferentes sociedades, fundamentándose los estudios en la comparación de los aspectos  
somáticos humanos y creación de tipologías como antecedentes de la antropología física. A esto se irían sumando  
los aportes de Johann Caspar Lavater, relacionando la fisonomía humana con formas específicas de  
comportamiento (Rodríguez, 1991, pp. 23 y 38).  
La otra vertiente de estudio desarrollada en estos momentos se fundamentaba en los aspectos visibles y  
materiales, a partir de los cuales se establecían niveles jerárquicos de desarrollo. Estos cambios metodológicos  
en el estudio del hombre y la ya siempre presente idea de progreso empujaron al pensamiento evolucionista  
clásico, asumiendo la linealidad y jerarquización en los procesos de cambio (Rodríguez 1991, pp. 40-41;  
Makinistian, 2009, p. 17). Dicha idea de evolución constituía una interpretación distante de la que desarrollará  
Charles Darwin, teniendo un enfoque puramente morfológico, pero que ya entreabría las puertas hacia la ruptura  
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del pensamiento creacionista que explicaba a través de la espontaneidad divina el surgimiento del hombre y del  
resto de especies animales (Makinistian, 2009, p. 63; Pérez-Aguilar, 2011, pp. 23-24).  
No sería hasta bien entrado el siglo XIX cuando el término evolución empezase a utilizarse correctamente, siendo,  
como señala Guyenot (1956, p. 1), un avance posible gracias a los progresos efectuados en los diferentes  
dominios de la biología. A partir de estos estudios es cuando el hombre comenzaría a entender que formaba  
parte de la naturaleza (Makinistian, 2009, p. 20). No obstante, gran parte de los investigadores en la actualidad  
aún continúan sin asumir este enfoque para los estudios que conciernen al hombre, lo que supone la errada  
asunción de que el ser humano se rige con leyes no naturales.  
Llegados a este punto, se aprecia cómo el polimorfismo de las formas de vida (y de comportamiento) ya eran  
objeto de atención en las investigaciones, aunque con diversos enfoques para explicarlo. Se agruparon  
principalmente en dos bloques (figura 1): Las explicaciones fijistas con el postulado de aparición espontánea y  
estanca de las especies, las cuales no variaban, y los postulados transformistas, según los cuales las especies  
derivan unas de las otras, produciéndose las diferencias por el paso del tiempo (Grasa, 1986, p. 31). Serían  
pensadores de corte transformista como Charles Lyell, el conde de Buffon o Jean Baptiste de Lamarck los que  
allanasen el camino hacia las futuras obras de Charles Darwin, con una influencia tal, que incluso siguen  
existiendo corrientes teóricas derivadas de las mismas en nuestros días (Pérez-Aguilar, 2011, p. 25).  
Figura 1. Explicación del origen de la vida y de la evolución a través de las posturas fijista, transformismo  
lamarkiano y el modelo de transformismo darwiniano.  
Fuente. Elaboración propia a partir de Gómez Peña (2018, p. 52).  
Siguiendo con estas dinámicas del siglo XIX, Jacques Boucher desarrolló secuencias históricas del hombre con  
niveles progresivos a partir de investigaciones arqueológicas que serán fundamentales para la clasificación  
cultural “evolucionista” basada en una secuencia de estadios y el cambio tecnológico. Para la consolidación del  
pensamiento evolucionista dentro de la antropología destacó el trabajo de Herbert Spencer, explicando la  
evolución como un proceso en el cual el hombre va de los más simple a lo complejo ascendiendo en cada uno de  
los estadios (Rodríguez, 1991, pp. 42-43). Estos autores reflejan el ambiente dominante de la época en cuanto al  
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estudio de las sociedades humanas basado en el evolucionismo y una idea de progreso expresada por medio de  
secuencias lineales inalterables por la que cada sociedad histórica debió pasar.  
Los trabajos de Charles Darwin resultaron esenciales para la consolidación de teorías evolucionistas que ya se  
iban haciendo palpables con los investigadores precedentes que le influenciaron, como su abuelo Erasmus  
Darwin, Lamarck, el geólogo Charles Lyell, o Alfred R. Wallace, codescubridor junto al propio Darwin del modelo  
evolutivo que ambos presentaron ante la sociedad Linneana. Su trabajo publicado en 1859 “El Origen de las  
especies por la selección natural, logró imbricar todas las especies entre sí (figura 1), explicando su cambio en  
el tiempo a través de tres principios fundamentales: 1) La competencia por los recursos genera que sólo sobreviva  
parte de la población de un determinado hábitat; 2) los individuos varían, lo que afecta a sus capacidades  
reproductivas y de supervivencia, dándose unas presiones selectivas que llamó selección natural; 3) las  
características ventajosas para la reproducción tienden a mantenerse y heredarse (Pérez-Aguilar, 2011, pp. 26-  
27; Dickins, 2016, pp. 13-16). Esta propuesta se enfrentó al transformismo de Lamark, puesto que diferían en los  
mecanismos de adaptación y de heredabilidad. Lamark interpretaba que los organismos se adaptaban y mutaban  
en vida, ganando rasgos transmitibles por herencia, mientras que Darwin asume una variación azarosa sobre la  
cual opera la selección, actuando sobre la reproducción de los individuos y heredándose los rasgos que resultaron  
positivos en un contexto y situación determinada (Dickins, 2016, p. 17). Por consiguiente, el lamarkismo se  
adhiere a la idea de progreso, contrapuesto al darwinismo puesto que, al asumir el factor de azar en las  
mutaciones, propone una evolución carente de propósito, dependiendo de que las variaciones sean positivas o  
no en cada momento concreto (Pérez-Aguilar, 2011, pp. 26-27). Estos postulados y su aplicación para estudios  
conductuales serán tratados en siguiente apartado, puesto que como menciona Jose Luis Escacena (2002, p. 71),  
algunos de los estudiosos de la cultura aceptan el darwinismo para explicaciones somáticas, mientras que utilizan  
el lamarkismo para el análisis del comportamiento humano, disociando la evolución cultural de la somática.  
Según esto, en las ciencias sociales se tiende hacia el pensamiento de que la selección natural no actúa sobre el  
comportamiento humano, asumiéndose la evolución por selección únicamente de manera parcial (Boyd & Silk  
2001, p. 81; García-Rivero, 2012, p. 70).  
Avanzando el siglo XIX fueron apareciendo trabajos antropológicos pioneros en los que se aplicaban las ideas  
evolucionistas a la investigación conductual, pero aún con la idea de progreso. Destacados fueron los trabajos  
de Sumner Maine, o los de Jacob Bachofen. Fundamental fue asimismo la obra de Edward B. Tylor para el  
desarrollo de la disciplina antropológica, estructurando síntesis coherentes sobre diferentes creaciones sociales  
y su variedad a lo largo de la Historia. Junto a esto, destaca su definición de cultura acorde a la perspectiva  
evolucionista progresista, según la cual las culturas estaban irremediablemente sujetas a los procesos de  
evolución (Rodríguez, 1991, pp. 46-51). Esto no deja de ser cierto, puesto que la cultura, al igual que la vertiente  
biológica de la cual no puede disociarse, están sujetas a los procesos de evolución. El error recae en asumir la  
direccionalidad del cambio y la imagen progresista como intrínsecamente asociada al proceso de evolución.  
El desarrollo del pensamiento evolucionista en el siglo XIX funcionó como base para los estudios posteriores en  
el campo de la antropología y demás ciencias sociales, avanzando hacia enfoques científicos, aunque con las  
limitaciones y distorsión provocadas por la búsqueda del establecimiento de estadios imbricados. Según palabras  
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de Levi-Strauss, el trabajo de Lewis H. Morgan inauguró la antropología social como disciplina científica,  
consolidando los enfoques evolucionistas a finales del siglo XIX, pero manteniendo el principio de linealidad que  
permitía caracterizar a cada sociedad histórica por medio de sucesivos estadios. Friedrich Engels reelaboró  
algunas de las propuestas de Morgan, pero nuevamente con el evolucionismo lineal como marco para sustentar  
los escalones históricos por los que pasaron las sociedades (Rodríguez, 1991, pp. 53-58).  
Acabando el siglo y entrando ya en el XX encuentran su génesis diferentes propuestas para explicar el cambio  
cultural, como el materialismo histórico, basado en los modos de producción y economía de las sociedades  
(García-Rivero, 2013, p. 37), aunque la mayor parte de los trabajos arqueológicos y antropológicos entendían  
que los grupos étnicos funcionaban como entidades herméticas y homogéneas, como es el caso de Gustav  
Kossinna (Fernández-Götz, 2008, p. 26; 2009, p. 188; Machuca, 2019, p. 37) o los nombres vistos anteriormente  
(Lubbock, Frazer, Morgan, Engels, etc.). Por consiguiente, como señala García-Rivero (2013, p. 37), la mayoría de  
las perspectivas, tanto teóricas como metodológicas de los siglos XIX y XX contaban con dos contratiempos  
fundamentales: el interpretar al hombre como diferente al resto de animales, siendo su intencionalidad el motor  
de cambio y la visión unidireccional del desarrollo cultural.  
La identidad étnica continuó siendo considerada desde el esencialismo hasta la segunda mitad del siglo XX,  
momento en el que se fue imponiendo la visión instrumentalista de la mano de antropólogos como Leach,  
Moerman o Fredrik Barth, quienes consideraban que las identidades se perciben subjetivamente y son  
construidas socialmente de una manera fluida (Barth, 1969; 1997; Fernández-Götz, 2008; 2009), esgrimiendo un  
antiesencialismo que también asume el darwinismo (Escacena, 2011). Ahora se afirma que existe etnicidad en  
tanto que la gente de un grupo la exige y los otros los definen con dicha identidad, por lo que conceptualmente  
implica la identificación con un grupo étnico por diversos mecanismos (religión, parentesco, legislación,  
geografía, etc.) y la exclusión de otros por la filiación al primero (Kottak, 2011, p. 140). Barth centró su atención  
en las fronteras identitarias que separan a los grupos étnicos, fenómeno que se fundamenta en la dicotomía  
nosotros-ellos. Esta visión permite identificar los tres problemas clave a independencia del enfoque que se utilice  
dentro de los estudios de etnicidad: 1) Cómo los grupos se autoidentifican y definen a los demás; 2) cómo las  
fronteras de los grupos sirven de sustento para la identificación dicotómica nosotros-ellos; 3) el establecimiento  
de los símbolos identitarios que fundamentan un origen común (Barth, 1997, pp. 142-143). Esto implica que la  
creación de la etnicidad conlleva la existencia de factores de presión exógenos al grupo, los cuales producirían la  
respuesta interna (endógena) de los miembros de una comunidad, entrando en un proceso dialéctico endógeno-  
exógeno diverso y complejo, siendo necesario conocer el contexto, sin limitarse únicamente a la interacción  
entre dos o más grupos.  
Como indica Conrad P. Kottak (2011, p. 139), “parte de la flexibilidad adaptativa humana es la capacidad de  
cambiar la autorrepresentación como respuesta al contexto”, por lo que la identidad está lejos de resultar  
estática, variando en función al contexto de cada momento histórico y situación puntual. La etnicidad está basada  
en las similitudes compartidas y asumidas por los miembros de un mismo grupo, a la vez que por las diferencias  
con los demás grupos (los otros), lo cual conlleva intrínseca la necesidad de interacción para la creación y  
mantenimiento de estas fronteras identitarias (ibidem).  
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A partir de aquí, diferentes autores fueron matizando la definición de etnicidad y centrando sus trabajos en  
diferentes flecos que conviene tener en cuenta. Enrique Martín Criado (2009, p. 1433-1434) señala la existencia  
de esquemas capaces de generar prácticas comunes a todos los miembros de un grupo que hayan sido  
producidos bajo las mismas condiciones, compartiendo una identidad y, por consiguiente, prácticas comunes. La  
arqueóloga Siam Jones define un grupo étnico como cualquier agrupación de individuos que se autoconsideran  
apartados de otros, a la vez que es apartado por el resto de grupos con los que interactúa (Jones, 1997, p. XIII).  
Por consiguiente, la conciencia de pertenencia a un determinado grupo étnico se activa cuando la otredad es  
percibida, por lo que su eclosión suele estar ligada a procesos de interacción más o menos intensos (Jones, 1997,  
p. 97), siendo frecuente que las identidades étnicas surjan con mayor intensidad en tesituras de crisis sociales o  
conflictos (Hutchinson y Smith, 1996), pudiendo darse además la multietnicidad (Hodder, 1982; Fernández-Götz,  
2008).  
Darwinismo y estudios conductuales  
La generación del conocimiento científico ha contemplado hasta nuestros días fructíferos y prolongados debates.  
La propia definición de ciencia, la evaluación del cambio de las diferentes teorías científicas, o el establecimiento  
de un criterio de demarcación sobre lo que es científico y lo que no (epistemología), ha sido el caballo de batalla  
de numerosos filósofos de la ciencia. La contienda científico-filosófica se intensificó en el siglo XX, tratando de  
dar respuestas a esas vetustas preguntas (v. gr., Popper, 1935/1980; Wittgenstein, 1953/2017; Khun, 1962/1971;  
Feyerabend, 1975/1986; Lakatos, 1983; Hawking, 1987), prosiguiendo la dialéctica en la actualidad y, como no,